Es una novela y algún día estará terminada...
Historias del mundo mágico del interior.
Un pasaje del primer capítulo de Duende:
. .. ... las moléculas de aire que pasaban en frente suyo en el momento.
Por la mañana lo vieron subir, el camino escarpado, inclinado, interminable, terminaría al fin en la cima del monte Croto. Allí crecían los arbustos de agua, burbujas y ramas cristalizadas por las brisas secas, vacuas del hielo exangüe. Las bayas se escondían bajo las hojas líquidas y transparentes, sostenidas por la melancolía eterna de aquel microclima. Guarecidas, el duende cansado tomo doce y las guardó en un frasco caracol especialmente diseñado para conservarlas levitando. Anochecía y se concentraba para soñar. Dormía enrollado entre las piedras, cubierto de inmensas rocas, lava ardiente y torbellinos tibios. En plena aparición de la tercera luna, despertó. Engulló seis duraznos plásticos y respiró purificándose para comenzar el descenso, el regreso al pueblo. Sabía que a dos tercios del camino le esperaba la batalla con la hiena de una pata, pero estaba preparado. Creo que los libros quemados causaran más daño del necesario, así la hiena aprenderá a temer y en la aldea entenderán que mis poderes son la única alternativa que nos queda. Sofisticada quizás. El cielo me quiere tomar, mis pies se multiplican, palpitando. Despierto, atento. La hiena se dejó llevar por el vendaval de sus pensamientos lanzándose con gritos multifónicos y su única garra sobre las barbas del duende, quien no demoró en reaccionar hacia un costado, dando tres mil volteretas en la espuma del momento mientras tosía tres libros quemados en las pupilas de la hiena. La hiena cayó y calló. Atornillada en el parqué del otoño, se durmió por 3 días, condenada a soñar con su muerte.
Los niños corrieron a sus sombras cuando sintieron sus pasos acercándolo. Hizo para ellos, a fuerza de júbilo, una esfera de mariposas multicolor que se disgregó fugaz ocultando sus pueriles siluetas. Voy al laboratorio de inmediato, guardar el frasco en las hogueras de sangre y luego emprender la fase más complicada. Quizás debería reportarme con el profesor, apelar a su venia una última vez, al fin y al cabo las implosiones llegarían en cuatro estaciones y no había manera de impedirlo. Tanto tiempo en la misma cabeza, tantos días sin terminar. ¿Cómo podría satisfacer las necesidades de distintos coágulos isócronos? Miré al cielo una vez más; otra. Había una geometría incierta y clara en las estrellas que guiñaban el instante, que bautizaban mi alegoría diurna, embaucándome en mi destino redentor. Colmado de intransigencia volé hacia los huecos troncos donde el profesor vivía el alba.
Con los ojos en el subsuelo, sabía donde había estado. No abrí la boca. Pasaron los minutos y exhaló frente a mi perplejidad fortuita. Posó su mirada en mis manos, la dejó ahí por un segundo y se elevó por las tuberías marchitas de aquellos tallos de corteza. No había dudas, el profesor había aprobado la idea del duende. Ahora, con o sin sofisticaciones innecesarias, el futuro de la etnia Porkus dependía de la eficacia de Grulo. Camino a su domo se encontró con Pliturnia.
-Buen sol, pitón Grulo.
-Hola Pliturnia, voy un tanto apurado.
-Lo sé. Quería entregarte estas ramitas de canela, para tus brebajes.
-¡Oh!, muchas gracias, me encantan. Nos vemos luego.
-Nos vemos.
El sibilino Grulo, contento, masticó una ramita y mantuvo el paso pulsativo y motor, rumbo a sus repisas. Abrió el libro de los ceros en la página mil once.
Como un péndulo que gira.
Como el desliz vertical.
Tomad el basto calcinante.
Como letargo y ceguera.
Como búsqueda reina.
Tomad las babas de la noche.
La vibración y la calma.
En la quietud de sus cilindros, quieto. El duende en aquel silencio, continuó la lectura. Tres horas más tarde tenía todo preparado, la docena de bayas sobre el cristal cónico, la luciérnaga gigante hipnotizada en órbita en torno al embudo de tierra, los tres cubos de turba, el libro de los ceros abierto en la página cinco mil quinientos veintidós, mostrando el diagrama del curso que habrían de seguir sus antebrazos, la mandrágora viva en su maceta de cal y el pensamiento energético de sus libidinosas huidas al hemisferio azul, burbujeante entre las moléculas de su temple. Luces instantáneas, olores omnipresentes, y con las últimas fuerzas de su económico cuerpo, atrapó el gas bermellón, que volaba en doce nubes, con su aspirador al vacío, traspasándolo directamente a la bola blanca. En la esfera de alabastro se podía ver el gas en constante movimiento. El primer paso por la confrontación a las inminentes implosiones estaba dado.
Pliturnia encontró a Grulo dormido en el embudo de tierra. El crepúsculo nuevo despilfarraba oxígeno, vanidoso en su temperatura. Un rostro diáfano empapelado en sus rasgos primorosos; un rayo de sol pionero que viene a inventar contrastes; un aliento de tiempo y compañía, de descendencia quizás; su mirada dueña del destino.
-¡Pliturnia!, me dormí. ¿Qué día es hoy?, ¿qué hora es?
-Hoy es hoy y es justamente ahora, te preparé un té de britalias, descansa un momento Grulo, desde que vi los reflejos de la sublimación hasta este momento, no han pasado más de cuatro horas.
-¡Trimotroncos!, Pensaba que había dormido más, soñé con tu hermano Clitio.
-Bebe. Voy por un trozo de tiburón, te vendrá bien.
-Mm, gracias.
La luz en la cocina fotografiaba los segundos, aliada a la memoria y distinta cada día. Ella había traído consigo la merienda, pues sabía que el duende comía escasamente alimentos naturales. Grulo se hacía cada día más autosuficiente por medio de su magia.
-Gracias Pliturnia, eres increíble.
-Lo sé.
-Y transparente.
-También.
-Y peligrosamente atractiva.
-Come con la boca cerrada.
-Lo siento.
Se marchó cuando la noche le quitaba perspectiva a los ojos de los gatos; para el duende la casa estaba poetizada otra vez, cargada. Se sentía más apto en un ambiente así, para llevar a cabo las tareas que se le empinaban con la noche. No puedo olvidar la sucesión, el orden, la certeza y el insomnio. Sé que puedo imaginar seis vestigios de contingencia provenientes de fantasmas, al mismo tiempo que recuerdo sus contradicciones y me refuto a mi mismo con la melodía precisa. Ingiero el humo-bayas previamente y todo irá sin novedad. Los accidentes son ajenos. Excepción no ha lugar. Por alguna razón que no yace sobre la estela de Pliturnia, me siento confiado. El espejo no me mira ya, se esconde frente a mi estupor congestionado. El techo soberbio irrita mi respirar al pulso de las horas que se avecinan. Todo podría desmoronarse de pronto, hacerse porquería o bien total naturaleza, convincente con los anhelos de las deidades funcionales. ¡Trimotroncos, qué tiempo y cómo se mueve! La sinceridad tartamuda en mis axones diurnos me hace estremecer cuando me detengo para observar una pausa caprichosa, y con ello desdibujo mi silueta tacaña en una cata estéril sobre ensueños desproporcionados. Verdades capciosas y falsos dogmas. ¿Habré perdido acaso toda señal?, ¿se ponen los astros en mi alma?, ¿hurga mi poder entre las sombras? La noche vence. No quiero saber la procedencia de las frases, no estoy dispuesto a replegarme como ayer, no mientras llueva en la ciudad, no mientras me busquen los niños, no ahora, no es momento. Tampoco lo es para emprender el viaje hacia el reposo. Pliturnia vive. Es sólo un corazón en el desolado canal, un escalofrío solitario, una aparente estratagema de las calles, un serafín sublime que me busca. Me busca a mí. Concentración y enfoque. Pragmatismo vidente.
Durante horas estuvo digiriendo ... .. .
Javier Party